Visto a cierta distancia desde el espacio, nuestro planeta parece una deslumbrante esfera blanquiazul. Azul por el color de los mares que la cubren, blanco por los casquetes polares de hielo y las nubes de vapor de agua que surcan su atmósfera. La humanidad conoce a este “pálido punto azul” (frase acuñada por Carl Sagan) como “Tierra”, pero en realidad habría sido mucho mas adecuado llamarlo “Océano”. Más de las dos terceras partes de su superficie están cubiertas de agua. Y el agua ha jugado un papel fundamental en la historia y la evolución de este planeta, especialmente en relación a ese fenómeno que denominamos “vida”.
La vida en la Tierra esta presente desde la cima de las más altas montañas a las más profundas simas oceánicas. Puede sobrevivir a temperaturas extremas, alimentarse de ácidos y azufre, medrar en la misma boca de un volcán. Pero ninguna forma de vida conocida en nuestro planeta puede sobrevivir o podría haber evolucionado sin agua.
El hombre lógicamente no es una excepción a esta regla. Más del 60% de nuestro peso corporal es agua. Y si bien podemos permanecer más de cuarenta días sin comer, tras apenas cinco días sin beber morimos.
Pero el agua destinada a satisfacer nuestras necesidades fisiológicas es tan solo un ínfimo porcentaje del que se destina a usos agrícolas e industriales. La agricultura consume casi dos tercios del agua dulce que se utiliza en el mundo. Ingentes cantidades de agua se destinan a producción de energía, y, por ejemplo, para la fabricación de una tonelada de acero hace falta gastar de seis a diez toneladas de agua en el proceso.
El aprovechamiento de los recursos hídricos esta íntimamente relacionado con la historia de la civilización humana. El advenimiento de la agricultura durante la revolución neolítica generó una dependencia anteriormente inexistente respecto del régimen de precipitaciones. Los asentamientos humanos tendieron a situarse en aquella zona con unas lluvias regulares o en las orillas de ríos y lagos, donde el suministro de agua estuviera garantizado y permitiera los cultivos. Más tarde, en torno al cuarto milenio antes de Cristo la aparición de canales de regadío en Asiría y el valle del Indo produjo un crecimiento explosivo en el tamaño de la superficie cultivada. El agua pronto empezó a utilizarse no solo para el regadío sino también como fuerza hidráulica para mover molinos y batanes y para la construcción de sistemas de alcantarillado. Debido al crecimiento del consumo que esto supuso, cada vez hubo que traer el agua de más lejos y abordar obras progresivamente más y más complejas para su encauzamiento y almacenamiento. Sirva como ejemplo que en la época de máximo esplendor del imperio romano, la ciudad de Roma estaba abastecida por un conjunto de acueductos y otras obras civiles (incluyendo uno de los sistemas de alcantarillado más eficaces de la antigüedad) que garantizaba un suministro de agua por habitante comparable al de muchas ciudades europeas de hoy en día.
Mas tarde, durante la revolución demográfica e industrial de los siglos XIX y XX, se abordó la construcción de una ingente cantidad de obras destinadas a regular, explotar y redistribuir los recursos hidráulicos destinados a satisfacer una demanda siempre creciente. El resultado es que al menos en las ciudades de los países desarrollados, los avanzados sistemas de alcantarillado han desterrado la presencia de enfermedades tradicionalmente asociadas al agua, como el tifus o el cólera. Casi el 40% de la producción total de alimentos del planeta procede de campos de regadío, donde la utilización de técnicas de cultivo intensivo permite obtener varias cosechas al año. Y la quinta parte de la energía eléctrica que se consume en el planeta es generada por turbinas hidroeléctricas.
El problema es que, aunque parezca paradójico, en un mundo cuya superficie esta mayoritariamente cubierta por mares y en el que existe un complejo y eficaz ciclo natural para el reciclado y mantenimiento de este recurso, el agua es un bien cada día mas escaso. Y más frente a las necesidades industriales, de alimentación e higiene de una población humana en constante crecimiento.
Son muchos los factores que confluyen en este fenómeno. De entrada, casi el 97% del agua del planeta tiene un índice de salinidad demasiado alto para el consumo agrícola o humano. Del 3% restante, casi las dos terceras partes están almacenadas en el hielo de las zonas polares mientras el resto se encuentra atrapado en el subsuelo. Tan solo el 0,3% corre libremente por ríos y lagos.
Además, buena parte del planeta está sometida a un proceso de cambio climático a gran escala. Durante los últimos años se ha detectado evidencias cada vez mas sólidas de que el clima del planeta se esta calentando, entre otros factores debido a la liberación de dióxido de carbono por la actividad humana. Este calentamiento esta provocando cambios radicales en el régimen de distribución de lluvias y la desertificación de amplias zonas del planeta. De hecho, en un informe recientemente publicado por expertos británicos se estima que para el 2100 un tercio del planeta se habrá convertido en un desierto.
Por si esto fuera poco, el agua existente está mal distribuida. Actualmente hay más del 1000 millones de personas que no cuentan con agua potable limpia y 2500 millones que no tienen saneamientos adecuados. Y la situación no hace más que empeorar. Para el 2050 más de 66 países se verán afectados por una escasez crónica del líquido elemento.
En estas condiciones nuestra dependencia del agua entraña gravísimos riesgos incluso para nuestra propia supervivencia como especie. La producción futura de alimentos esta seriamente amenazada en un contexto de población siempre creciente y las ciudades y la industria compiten cada vez más agresivamente con los recursos hídricos destinados al campo. Es necesario por tanto tomar medidas radicales para garantizar a las próximas generaciones el uso de este preciado recurso.
Las fuentes tradicionales de captación y almacenamiento de agua dulce se encuentran prácticamente al borde de sus posibilidades de explotación. En estos momentos en muchos lugares del mundo se está abusando tanto de las mismas que los acuíferos se están vaciando más deprisa de lo que pueden rellenarse y los ríos durante buena parte del año no llegan al mar. Un ejemplo terrible de esto lo tenemos en el mar de Aral, que esta desapareciendo al haberse desviado el agua de los ríos que le alimentaban para consumo agrícola, provocando la extinción de numerosas especies en el proceso.
En este contexto la construcción de nuevas infraestructuras de este tipo no es una buena solución. Es cierto que mientras la población del mundo siga creciendo no podrán dejar de construirse presas y acueductos, especialmente en países en vías de desarrollo. Actualmente ya existen tantos canales, presas y embalses que la redistribución del agua embalsada genera un efecto perceptible sobre el bamboleo de la Tierra en torno a su eje. El problema es que cuando se construyeron todas estas presas no se tuvo en cuenta el impacto ecológico que las mismas tenían sobre el cauce de los ríos donde se situaban. Lamentablemente como consecuencia de ello muchas especies han visto peligrar seriamente su ciclo de vida y la acumulación de sedimentos en las presas no solo está restando capacidad a las mismas sino que también esta disminuyendo la fertilidad de los campos situados aguas abajo al eliminar la llegada a los mismos del limo transportado por el rio. Por tanto, en la construcción de nuevas presas habrá que llegar a un cuidadoso equilibrio entre las necesidades de las poblaciones urbanas y rurales siempre crecientes y el impacto de esas construcciones en el entorno. Pero buscar la solución a los problemas del agua exclusivamente en estas construcciones puede resultar un tanto utópico.
Más fácil resulta intentar conseguir un uso más productivo y eficaz del agua, optimizando el consumo y mejorando las estrategias de utilización. Por ejemplo, en muchos países las perdidas que se producen en las redes de distribución pueden llegar a alcanzar el 30% del agua transportada. Con toda el agua que se pierde en el abastecimiento de una ciudad como México DF se puede alimentar a su vez a una ciudad del tamaño de Roma. Actuar sobre este factor, desarrollando equipos de detección de fugas más eficaces y mejorando el mantenimiento de las tuberías y los sistemas de distribución puede aportar un ahorro considerable.
Otro elemento a tener en cuenta es el factor humano. En los países desarrollados, existe una fuerte tendencia a derrochar agua indiscriminadamente. En esas condiciones, la implantación de una serie de medidas educativas sencillas (cerrar los grifos, usar la ducha en vez del baño, optimizar el uso de las cisternas) puede ahorrar muchísima agua. Por ejemplo una campaña de renovación de instalaciones sanitarias en la ciudad de Nueva York ha permitido ahorrar de 250 a 300 millones de litros diarios. Y este verano una campaña de ahorro consistente simplemente en llenar las lavadoras a tope para cada lavado ha permitido ahorrar mas de cuatro millones de litros en España.
También tiene mucha importancia el desarrollo de técnicas eficaces de reciclado. En consumo urbano, la mayor parte del agua utilizada es de un solo uso: viene directamente del manantial al grifo y de ahí al desagüe, donde tras sufrir un costoso proceso de depuración vuelve a devolverse a la naturaleza. Sin embargo ¿por que utilizar agua de primera calidad en actividades como el regado de jardines o determinados usos industriales donde no es necesario que los requisitos de calidad sean tan estrictos? Reciclando el agua y destinándola a múltiples usos antes de deshacerse de ella se simplifica el proceso de depuración (al generar diferentes calidades para diferentes actividades) y produce un ahorro del consumo externo más que considerable. En Israel por ejemplo más del 70% de las aguas residuales municipales se tratan y se utilizan para el regadío de cultivos no alimenticios. Incluso con un procesamiento adecuado el agua puede volver a utilizarse para el consumo humano, con una calidad semejante a la de origen. En la capital de Namibia, por ejemplo, situada lejos de cualquier fuente de agua aprovechable, durante época de sequía hasta el 30% del agua enviada a los hogares procede de aguas fecales.
Pero el factor que sin duda puede llegar a ser crítico en el desarrollo de una estrategia viable de aprovechamiento integral del agua es la gestión de los recursos hídricos destinados a las actividades agrícolas, principal fuente del consumo de agua sobre el planeta. Por ejemplo más del 50% del agua destinada a regadío se pierde en su camino a los campos. Además, a nivel mundial la mayoría de los agricultores continúan regando sus campos por inundación, como en la antigua Asiría. Del volumen del agua utilizada por este método tan solo una pequeña fracción se absorbe por las plantas. El resto se pierde. En muchos lugares esta manera de proceder no solamente derrocha y contamina el agua, arrastrando a los acuíferos fertilizantes y pesticidas de difícil eliminación, sino que además degrada el suelo porque lo erosiona y lo saliniza.
El riego gota a gota supone una alternativa mucho más aceptable. Con este sistema apenas se derrocha. A diferencia del anegamiento, el agua llega directamente a las plantas en la cantidad requerida y se absorbe prácticamente en su totalidad. Este procedimiento, basado en una red de tuberías de baja presión instaladas justo a nivel del suelo donde el agua aflora a través de una serie de agujeros despacio y con regularidad, proporciona un nivel de humedad óptimo para los cultivos lo que a su vez se traduce en un incremento de las cosechas. Y, lo que es mas importe, reduce el consumo de agua de un 30 a un 70%.
Otra técnica que también produce un rendimiento óptimo es el uso de aspersores. Minimizando el tamaño del chorro para reducir la evaporación de la rociada y repartiendo el agua en dosis pequeñas a ras de suelo las plantas pueden absorber hasta el 95% del agua utilizada.
Además de actuar sobre la reducción de la demanda hídrica para usos agrícolas, también contamos con cierto margen de maniobra en el desarrollo, mediante ingeniería genética o hibridación, de plantas con menos necesidad de agua o capaces de utilizar suelos salinos o degradados en su crecimiento. Cualquier técnica destinada a aumentar de rendimiento de los cultivos mejora el aprovechamiento del agua al producir más alimentos por la misma cantidad de líquido elemento. Las variedades híbridas de arroz y trigo que se usan actualmente en muchos países fueron seleccionadas genéticamente para concentrar la mayor energía de la planta en los granos comestibles, lo que a su vez supone un uso más racional del agua consumida.
El problema es que aun reciclando la mayor cantidad de agua posible y optimizando los sistemas de riego y el consumo agrícola, la reducción del régimen de precipitaciones, el caudal de los ríos y los acuíferos subterráneos se traduce en muchas zonas del planeta en una escasez crónica. En estos lugares solo el recurso a fuentes alternativas de suministro puede ofrecer alguna posibilidad de aliviar la situación.
En nuestro planeta el agua coincide en sus tres estados fundamentales: sólido, líquido y gaseoso. El agua se encuentra en la atmósfera en forma de vapor. La lluvia, principal fuente de recursos hídricos en buena parte de la Tierra, procede de la condensación de ese vapor cuando se concentra en nubes.
Sin embargo, también existen otros procedimientos capaces de condensar la humedad del aire. En la naturaleza el fenómeno que conocemos como rocío tiene lugar cuando las gotas de agua se condensan sobre el suelo y las plantas en noches con tiempo tranquilo y claro, al transmitirse el frío del suelo al aire que esta en contacto con el y provocar la condensación.
Existen varios procedimientos destinados a provocar artificialmente la aparición de rocío. Por ejemplo en la isla de Lanzarote los cultivos de vid están situados en el fondo de hoyos poco profundos recubiertos de “picón”, una especie de gravilla volcánica. Debido a esto por las noches se alcanza la temperatura de condensación y el agua se escurre hasta las raíces de las plantas. La gravilla volcánica puede ser sustituida por pequeñas bolas de plástico que cumplen la misma función.
Así mismo, en determinados lugares como la costa de Chile o Perú donde se dan unas particulares condiciones climáticas que favorecen la aparición de nieblas, la vegetación ha evolucionado para nutrirse de agua a partir de la condensación de las mismas. Usando trampas de viento especialmente preparadas para soportar los vientos de la zona, consiguen recuperarse de la atmósfera cantidades apreciables de agua.
Los sistemas de condensación de rocío suelen tener un rendimiento más bien bajo. Mas éxito se esta teniendo la modificación artificial del tiempo a través de la siembra de nubes. Esta tecnología se remonta a finales del decenio de 1940, cuando se descubrió que las gotas de nubes sobreenfriadas podían convertirse en cristales de hielo al introducir en las mismas un agente enfriador como el hielo seco o el yoduro de plata. Desde entonces se ha llevado a cabo un gran esfuerzo investigador para entender plenamente y optimizar los mecanismos que intervienen en el proceso. Por ejemplo, en zonas áridas de Israel el sistema lleva utilizándose durante treinta años, habiéndose obtenido incrementos en las precipitaciones de hasta un 19%.
El yoduro de plata es una sustancia que esparcida en una nube actúa creando núcleos de condensación en torno a las cuales se condensa el vapor de agua. La pulverización tiene lugar en la base de la nube mediante un líquido muy caliente y concentrado. Conforme va ascendiendo, se va produciendo la condensación, las gotas son cada vez mayores y de más peso y termina produciéndose una reacción en cadena que se traduce en un incremento de las precipitaciones.
Este método también se usa con mucho éxito en la prevención del granizo, puesto que al aumentar la condensación también aumenta el numero de bolas de granizo, lo que redunda en que el diámetro medio de las mismas sea sensiblemente mas reducido.
La siembra de nubes es un procedimiento de reconocida eficacia, pero que sin embargo depende de unas condiciones climatológicas especiales para poder ser utilizado. Simplemente si no hay nubes que sembrar, no puede haber lluvia. En ese sentido pueden resultar muy interesantes los estudios que se están llevando a cabo para la creación de nubes artificiales. La idea parte del concepto de “isla de calor”, que consiste básicamente en crear una zona en la que la temperatura es muy superior a la de su entorno. Las islas de calor se detectaron primeramente asociadas a las grandes ciudades, sobre las cuales la temperatura puede ser de 5 a 10 grados mayor que en las zonas adyacentes. La ventaja de estas islas es que al aumentar la temperatura el aire se calienta, se dilata y arrastra al vapor de agua a mayor altura, donde se condensa y provoca la formación de nubes. Esta técnica en principio seria eficaz en zonas desérticas cercanas al mar, donde ya se están llevando a cabo varios experimentos prácticos que ofrecen buenas esperanzas al respecto.
Otra fuente de agua dulce apenas explotada se encuentra en los hielos polares. El agua del hielo polar es de una enorme pureza. El problema, lógicamente, está en que ese hielo se encuentra situado a gran distancia de las zonas de población donde resulta más necesario.
Se ha propuesto la posibilidad de transportar agua desde las regiones polares a zonas necesitadas mediante el uso de de icebergs. Técnicamente no existe ningún problema en ello: convenientemente remolcado y eligiendo el tamaño adecuadamente el iceberg puede sobrevivir perfectamente a una travesía de estas características. La única limitación seria de carácter económico, pero la siempre creciente carestía de agua en determinadas regiones hace que este factor sea cada vez menos importante y que este método de transporte empiece a resultar competitivo frente al transporte por carretera o la utilización de barcos-cuba. De hecho recientemente se ha anunciado que la ciudad de Londres va a estudiar la posibilidad de complementar su abastecimiento mediante icebergs debido a la situación de carestía que se vive y que podría desembocar a corto plazo en graves restricciones en el consumo.
Sin embargo la principal esperanza para resolver los problemas de escasez de agua se encuentra sin dudas en la desalinización del agua marina o de las aguas salobres continentales. El hombre ha obtenido agua de los océanos durante siglos, con técnicas centradas en la evaporación para deshacerse de la sal y la destilación del agua evaporada. El proceso puede acelerarse mediante el empleo de calor. Ya en el siglo IV antes de Cristo existen noticias de un primitivo evaporador construido por Aristóteles. El agua obtenida por este proceso es de buena calidad, pero precisa de enormes cantidades de energía calorífica, lo que ha hecho tradicionalmente inviable este sistema desde un punto de vista económico salvo en situaciones muy particulares.
En la actualidad se han introducido nuevas tecnologías que permiten la producción de agua apta para el consumo a partir de agua salada con un coste que si bien todavía es alto, empieza a resultar paulatinamente cada vez mas competitivo. Tres son, fundamentalmente, las técnicas utilizadas: destilación, congelación y membranas.
La destilación es el procedimiento más antiguo y el que más energía precisa. Además, la utilización de combustibles fósiles en el proceso puede tener un impacto ambiental indeseable. En ese sentido se tiende progresivamente al empleo de energías renovables en las instalaciones de destilación, bien mediante colectores solares o bien mediante el uso de energía eolica o paneles de energía solar. El problema de estas instalaciones es que son caras, suelen exhibir un rendimiento más bien bajo y tienen un mantenimiento un tanto delicado, pero por el contrario son muy buenas para el abastecimiento de pequeñas comunidades.
Los métodos de congelación se basan en un mecanismo semejante al que propicia la formación de los hielos polares. Se trata de refrigerar el agua para posteriormente someterla a un proceso de evaporación a baja presión en un cristalizador al vacío. Se obtienen de este modo cristales de hielo y salmuera que pueden ser separados mediante un procedimiento mecánico.
La técnica de desalinización por membrana es la más moderna y la más económica. Se basa en la osmosis inversa, un proceso por el cuan una fina membrana semipermeable se coloca entre un depósito de agua salada y otro de agua dulce. El agua del recipiente salado se somete a presión a fin de forzar a las moléculas de agua a atravesar la membrana, pero no a la sal o a otros contaminantes. La electro diálisis es otra técnica de desalación por membrana que se basa en separación iónica a través de una serie de membranas situadas sucesivamente y separadas entre sí milímetros. La aplicación de campos eléctricos genera la migración de iones que pasan por estas membranas que actúan como tamices.
Las técnicas de desalación ofrecen un suministro de agua prácticamente ilimitado. Sin embargo, son caras y muchos países todavía no pueden costearse la construcción de estas instalaciones. Además continúan consumiendo mucha energía. Como ya vimos este problema puede paliarse, al menos en parte, mediante la utilización de energías renovables. Pero también hay que tener en cuenta que estas instalaciones ejercen un profundo efecto ambiental sobre su entorno, pues el flujo de salmuera que producen como subproducto final puede generar graves daños a los ecosistemas marinos si no se utilizan las técnicas adecuadas de dispersión del mismo.
La ampliación y el desarrollo de estas técnicas jugará en el futuro un papel fundamental en uno de los grandes retos que tiene por delante la humanidad: la conquista del espacio. Con una población siempre creciente y en un mundo con unos recursos limitados, las únicas alternativas del género humano son o alcanzar un crecimiento estable que garantice el aprovechamiento sostenible de los recursos de nuestro mundo o abandonar la cuna de nuestro planeta natal y esparcirnos por el cosmos.
El viaje espacial plantea sus propias limitaciones en lo que al tema del agua se refiere. Fuera de la Tierra, el agua no solo es precisa para nuestras necesidades fisiológicas o para la producción de nuestros alimentos. El aire que respiramos también debe ser fabricado, y puesto que uno de los componentes fundamentales del agua es el oxigeno que necesitamos para respirar, los sistemas de soporte vital muy posiblemente utilizaran agua para mantener la atmósfera necesaria para sobrevivir a estos viajes. Hidrógeno y oxígeno por separado también forman un potente combustible que se ha utilizado desde el inicio de la exploración espacial para el lanzamiento de cohetes. Y en el transito interplanetario una gruesa capa de agua congelada puede proporcionar un buen aislante térmico a la nave y, sobre todo, puede proteger a sus ocupantes de los peligrosos rayos cósmicos y de la radiación solar.
El problema es que utilizar agua de la Tierra para estos menesteres resulta extraordinariamente caro. Llevar un litro de agua de la Tierra a la Luna cuesta literalmente su peso en oro. En estas condiciones, la tecnología de reciclado y recuperación del agua utilizada tiene unos requisitos extremos. Las futuras naves destinadas al tránsito interplanetario deberán contar con sistemas de reciclado de ciclo cerrado, en el que hasta la última gota de líquido deberá ser aprovechada y reutilizada una y otra vez. En viajes de larga duración la producción de alimentos recaerá sobre cultivos hidropónicos optimizados genéticamente tanto para generar la máxima cantidad de comida con un mínimo consumo de agua como para ayudar a la purificación de la atmósfera fijando el dióxido de carbono producido por la respiración. Incluso se especula con la utilización de técnicas de hibernación que ya son empleadas por diferentes especies en la Tierra para enfrentarse a sequías prolongadas. En efecto, las semillas de ciertas plantas pueden sobrevivir en estado latente durante siglos hasta que se producen las condiciones de humedad necesarias para su florecimiento. Y en zonas desérticas algunos peces y ranas son capaces de enterrarse en el fango formando un capullo protector a su alrededor y sobrevivir dentro del mismo en condiciones de animación suspendida hasta la llegada de las siguientes lluvias.
Afortunadamente para la exploración espacial, el agua es un compuesto relativamente fácil de encontrar en el cosmos. No tiene nada de particular: el hidrógeno es el compuesto mas abundante del universo seguido del oxigeno y el helio. Encontrar fuentes de agua fuera de nuestro planeta no debería ser una tarea imposible.
Uno de los primeros sitios en los que se ha llevado a cabo esta búsqueda es la Luna, el satélite de nuestro planeta. Desde tiempos inmemoriales se pensaba que en el mismo existían grandes cantidades de agua. De hecho, por esta razón se denominaron “mares” las grandes superficies planas que se percibían desde la Tierra. Las misiones Apolo, llevadas a cabo en los años 70, nos mostraron en cambio el panorama de un satélite seco y sin vida. Sin embargo, en 1996 se produjo la sorpresa cuando la sonda espacial Clementine detectó accidentalmente la presencia de hielo en algunos cráteres mezclado con material de la superficie. Estos resultados aparentemente fueron corroborados mas tarde por las mediciones del Lunar Prospector, que infirió la presencia de hielo a partir de los datos de absorción de los neutrones producidos por la radiación cósmica.
¿Cómo podría existir hielo en un cuerpo como la Luna, que carece de atmósfera? La explicación se encuentra en que el supuesto hielo se encuentra situado en cráteres en torno al polo norte y sur del satélite, en cuyo interior nunca llega a dar la luz del sol. Esto habría generado las condiciones adecuadas para la conservación de al menos pequeñas cantidades de este material en los mismos.
Sin embargo, cuando al final de la vida útil se decidió estrellar al Lunar Prospector en una de estas zonas, a fin de poder analizar mediante espectroscopia la presencia de grupos OH (lo que habría sido una prueba inequívoca de la presencia de hielo) los resultados fueron negativos. Mas tarde la sonda SMART-1 de la ESA también descubrió trazas de hidrógeno bajo la superficie lunar, pero de nuevo los resultados no fueron concluyentes, por lo que actualmente esta programada una misión en la que una sonda aterrizara y buscara sobre el terreno este hielo.
La presencia de agua en la Luna es muy importante porque por su posición y sus características nuestro satélite es el trampolín ideal para la exploración tripulada del Sistema Solar. El coste de una base lunar permanente se vería sensiblemente rebajado si la misma resultara ser autosuficiente en lo que a sus recursos de agua se refiere. E incluso aunque la cantidad de hielo detectado no es particularmente importante, la posibilidad de fabricar combustible en la Luna para naves con destinos a otros planetas será de una importancia capital.
En Marte sin embargo la situación es bastante diferente. Tradicionalmente siempre se ha considerado a este planeta como uno de los primeros candidatos para contener vida extraterrestre, especialmente después de que las observaciones telescópicas de Percival Lowell lanzaran la teoría sobre la presencia de canales sobre su superficie. Conforme se fue profundizando en el estudio del planeta rojo, se vio que estos canales no existían y que el planeta era demasiado frío para mantener agua líquida. Pero sin embargo en su tenue atmósfera si existía una pequeña componente de vapor de agua y su superficie mostraba unas estructuras geológicas que parecían claramente modeladas por procesos de erosión. Y, lo que es mas importante, se confirmo que el planeta contaba con dos casquetes polares formado por grandes cantidades de hielo de anhídrido carbónico y agua.
Mas tarde, la misión de la NASA Mars Odyssey descubrió la existencia de indicios de enormes cantidades de hielo situados bajo el regolito marciano a partir de la detección del hidrogeno relacionado con las moléculas de agua. Y los robots Spirit y Opportunity confirmaron que en la superficie de Marte había existido en el pasado agua libre al encontrar minerales que solo podrían haberse formado estando sumergidos.
La presencia de estos recursos hídricos en el planeta rojo facilitaría también la exploración y colonización del mismo. Por ejemplo, uno de los planes diseñados por la NASA para enviar una misión tripulada a Marte pasaría por el envío previo de un aterrizador automático cuya misión consistiría en la fabricación del combustible necesario para el viaje de vuelta. Si el agua estuviera presente en cantidades apreciables bajo la superficie marciana, la fabricación de este combustible seria mucho mas sencilla y permitiría mejorar mucho las posibilidades de éxito de la misión tripulada.
El agua se encuentra presente en otros muchos puntos del sistema solar. Europa, luna de Júpiter, está cubierta por una capa de hielo bajo cuya superficie se especula con la existencia de un océano de agua liquida mantenido en ese estado por el calor asociado a las fuerzas de marea del cercano Júpiter. Calixto, también satélite de Júpiter, se encuentra en la misma situación. Incluso entre los planetas exteriores es posible encontrar agua: el hielo es el principal componente de los famosos anillos de Saturno y la misión de la sonda Huyghens desveló que sobre la superficie de Titán había cantos rodados de hielo de agua.
Más allá, muchos de los cuerpos presentes en el cinturón de Kuiper y la nube de Oort son cometas y asteroides formados básicamente por hielo y rocas. En un futuro lejano, estos cuerpos podrían jugar un importante papel en la terraformación de otros planetas, como Marte. En efecto, el traslado de estos cometas al sistema solar interior podría llevarse a cabo mediante velas solares u otros procedimientos que no supusieran un excesivo consumo energético y bombardeando la superficie del planeta rojo con los mismos se obtendría un doble efecto: el espesamiento de su atmósfera con el incremento de la cantidad de agua presente en la misma y el calentamiento del planeta para hacerlo mas habitable.
Incluso fuera del Sistema Solar existen indicios sobre la presencia de grandes cantidades de agua. El agua en estado gaseoso emite ondas de radio en una longitud de onda característica de 1,35 cm que puede ser detectada y estudiada por los telescopios terrestres. Además, esta emisión está asociada a un efecto máser, que determina que las señales puedan ser bastante intensas. Utilizando este procedimiento se ha detectado vapor de agua en muchos sistemas de los alrededores. El método no es tan fino como para determinar si un determinado planeta está dotado de unas condiciones similares a las terrestres, pero el agua está indudablemente presente en los mismos.
Sea como fuere, la exploración y colonización de estos planetas y sistemas se encuentra muy lejos en el futuro. La existencia de grandes recursos de agua en el universo no puede hacernos olvidar que en este momento la humanidad se enfrenta a una encrucijada trascendental en lo que a la gestión de sus recursos hídricos se refiere. A lo largo del próximo cuarto de siglo el número de personas que vivirán con un suministro insuficiente de agua saltara de 500 millones a las de 3000 millones. La tecnología ciertamente puede contribuir a disminuir el impacto de esta situación. Pero si la búsqueda de nuevas fuentes hidrológicas no viene acompañada por profundos cambios sociales todos estos desarrollos terminaran por no servir de nada. Es responsabilidad de todos nosotros la conciencia de que el agua es un recurso escaso. Y que en un mundo progresivamente más árido el despilfarro o la irresponsabilidad pueden ser una sentencia de muerte para toda nuestra especie.
© 2006 Cristóbal Pérez-Castejón Carpena
Perfil del Forjador
CRISTÓBAL PÉREZ-CASTEJÓN CARPENA
Nació en Yecla (Murcia, España) en 1962 aunque actualmente reside en Madrid. Ingeniero superior de Telecomunicación, ha trabajado básicamente en I+D en el campo de sistemas de telecomunicación. En el mundo de la ciencia ficción se le conoce sobre todo por su faceta de ensayista (tres veces ganador del premio Ignotus de la AEFCFT en la categoría de "Mejor articulo" y cinco veces finalista) y crítico. También ha colaborado con prestigiosas publicaciones del género como Gigamesh, Galaxia o el anuario Jabberwock.
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El protagonista de esta historia podría haberse conformado con observar el avance de la Sombra, podría haber reservado para sí un lugar cómodo, de espectador indiferente. Pero ama los procesos históricos y los eventos inconmensurables para la naturaleza humana, aunque impliquen decisiones irreversibles.
Se llamaba Jarod y, al igual que otros varios millones de humanos, veía sin pestañear como la Sombra cubría la superficie roja de la Tierra.
Hacía una generación que los hombres no la poblaban. Durante los últimos dos eones la humanidad había sobrevivido las eras como una pulga sobrevive al perro que se rasca. Ni los cataclismos, ni los vicios humanos, ni aún las olas de plagas espaciales como ésta que Jarod ahora presenciaba, erradicaron en el hombre el apego a su planeta. La naturaleza de Gaia, le decían. Pero, durante los primeros cien años del lento e irremediable crecimiento del Sol, se había desarrollado de mala gana la completa emigración de la humanidad, que para entonces ya estaba esparcida por otros sistemas solares.
Lo que los seres humanos observaban no guardaba relación con eventos cosmológicos. Era una mancha en el pasado de los hombres, que les crispaba los sentidos y los mantenía expectantes. Un temor antiguo e irracional despertaba, un temor que se había sujetado con uñas y dientes al hipotálamo desde la alborada de la civilización: el miedo a lo desconocido.
—Todo se acaba —dijo Mac, sin dejar de mirar el evento.
—Nada se acaba, sólo cambia —le respondió Jarod, al que le gustaba jugar al filósofo con el organizador personal agregado a su exoesqueleto—. Además, ya no queda nadie, ha perdido el viaje.
—No, bien sabes que no es un simple devorador de unidades de carbono. Va por el ADN y allá queda mucho.
—Un lustro —pensó Jarod con ironía y preguntó a Mac—: ¿Sabes lo que significa la palabra “lustro”?
—Significa “purificación”. ¿Crees acaso que es una purificación lo que hace la Sombra?
—Quiero decir que hace cinco años que sabemos que venía, que sabemos que nos seguirá a donde vayamos. Sólo necesita quedarse un rato paseando alrededor del Sol para alcanzarnos y entonces, como a unos buenos soldados en el campo de batalla, pasarnos revista aquí en Marte.
—Tus analogías con el Imperio Romano tal vez tendrían sentido en otra época, cuando el hombre destruía a sus semejantes en la Tierra, cuando aquello era un gran campo de batalla; pero hace millones de años de eso y ya ni a Marte se le recuerda como a un antiguo dios de la guerra. La cultura no te hace poeta, Jarod.
Jarod era ya un ser maduro cuando el hombre fue desplazado de la Tierra. Le gustaba la historia, no esa que se enseñaba a los patriarcas colonizadores, ni las mitologías de los tecnomantes. Él era un entusiasta de “La Tierra”, en especial de los capítulos más oscuros de la humanidad terrestre, cuando estaban todos amontonados en pequeños continentes y las disputas se daban a muerte por agregar más espacio a los territorios que entonces estaban determinados por megamercados.
El hombre ya había logrado salvarse de sí mismo, superando su tecnología con evolución, para cuando apareció la Sombra por primera vez. Venía de lugares insospechados a velocidades desconocidas, y arrasó con toda la vida que tocó. Fue necesaria una terraformación subsiguiente de más de un millón de años para estabilizar una simbiosis adecuada. Aunque se sabía que la Tierra sólo albergaría esa vida por otros cien millones de años, el hombre cumplía con Gaia, como el hijo pródigo que siempre regresa y enmienda sus errores.
Ver el planeta madre tan cerca de un nuevo “lustre” por ese ente inexplicable, como contaba la historia que había sucedido hacía algunos millones de años, era para Jarod un capítulo fascinante que se agregaba a los anales de la historia de la humanidad. Junto a él, billones de ojos humanos veían a la distancia cómo la Tierra estaba a punto de ser inexorablemente cubierta por una nube devastadora que arrasaba con todo vestigio de vida.
Mac nunca había experimentado la preocupación, aunque a veces la simulaba por cuestiones prácticas.
—¿En qué piensas, Jarod? —dijo con tono preocupado.
—Dicen que tiene conciencia y memoria —respondió él mentalmente.
—También dicen que lo que percibimos es apenas un reflejo de su verdadera estructura, que se proyecta en este puñado de dimensiones como un eco —siguió Mac, imitando la dramática cadencia que empleaba Jarod. Mac se burlaba abiertamente, en un intento por desviar las dudas de Jarod hacia terrenos más seguros para él.
—Llega en el momento preciso, con conciencia de que más tarde la Tierra no será otra cosa que un esqueleto a punto de ser cremado. Celebra la vida, haciéndola un huésped en las habitaciones de su propia existencia —Jarod hablaba y gesticulaba para los ojos de nadie, como un loco, mientras Mac registraba cada cambio de temperatura, cada variación en su presión sanguínea.
Mac no contestó de inmediato, estaba muy ocupado con su propio diálogo.
—No le interesa la Tierra, no le interesa el hombre, no creo siquiera que tenga algún interés más allá de una orden básica de mantenimiento en un ciclo incomprensible de vida. No es un ente que se comunique, no deja nada, sólo es, y eso no es medible —Mac era una máquina, pero humanizada hasta tal punto que no hacía falta programarle una necesidad de supervivencia: le era innata. Y a sabiendas de lo inútil, finalizó su monólogo de forma desesperada—. ¡Aunque la Tierra también fuese un ente, morir nunca podrá ser una opción para entrar en contacto con ella!
Para Jarod, la Tierra de todos modos moriría para convertirse en otra cosa, pero Gaia sobreviviría al ser una con la Sombra. Jarod habría vivido mil años más y el tiempo nunca hubiera importado tanto, los tiempos del hombre cada vez se acercaban más a los del universo (al menos eso quería creer) pero ahora, tanto Jarod como Mac, miraban un pequeño reloj binario y para ambos cada segundo contaba.
—No lo hagas —dijo desesperanzado Mac, para quien la vida podría ser mucho más larga que la de Jarod, si éste le dejaba.
Jarod no respondió. En cambio, dio órdenes a la estación para preparar una cápsula de escape con destino a la Tierra y, como quien reflexiona, dijo:
—Creo que te he dado demasiadas libertades; viene siendo tiempo de trabajar como un equipo.
Jarod quitó a Mac todo vestigio de libre albedrío y se dedicó, con su ayuda, a dejar preparada la evacuación de la estación en unos pocos cientos de años. Quería dejar su trabajo hecho para evitar molestias futuras.
—Tenemos seis minutos, la cápsula nos espera —comunicó fríamente Mac.
—Hacía muchos siglos que nadie veía la Tierra desde tan cerca —pensaba Jarod, mientras rozaba la inestable gravedad de su planeta—. Sólo robots quedan en la superficie, analizando, midiendo, informando.
Hacía siglos que los mares se habían evaporado y con ellos se había extinto toda forma de vida dependiente de agua, sólo quedaban esporas y cristales a la espera de tiempos mejores que nunca habrían de llegar. Jarod conservó siempre la irracional necesidad de monitorear de cerca la Tierra, a costa de soportar las severas condiciones ambientales que imponía un sistema solar en proceso de colapso.
—Un minuto, y contando —dijo la voz desde el exoesqueleto.
—Mi buen amigo Mac, adiós.
Millones de ojos humanos veían con asombro y curiosidad cómo una diminuta cápsula desaparecía tras la Sombra. Jarod ya no existía. Sólo Mac quedó vagando en el universo, a la espera de un rescate y un escáner de memoria. Mac sería importante, la caja negra de la Sombra, con un último recuerdo por compartir, a Jarod diciéndole:
—¿Los oyes?
© 2006 Alejandro Sosa
© 2006 Siria Useche (ilustración)
Perfil del Forjador
ALEJANDRO SOSA
Nace en La Tierra, gracias a la beneficiosa posición de este planeta en relación a su sol y a una combinación excelente de elementos químicos. Nace en el año 0 (o 1975, del antiguo calendario cristiano, anterior al asosabiano). Estudió poco, aprendió mucho. Contrajo nupcias a finales del año 31 con Siria Useche, oriunda de La Tierra, con quien engendrarían un niño y una niña a los pocos años (32 y 33 respectivamente). Se dedicaba a la fotografía y a la programación. Hoy día puede ser visitada su cabeza en la biblioteca general del planeta Ruperto, donde aún cuenta chistes malos a los peregrinos.
Perfil del Forjador
SIRIA USECHE
Es la Octava Pasajera de una familia de la montaña. El libre ejercicio y contados episodios de formal aprendizaje la acercaron a las artes durante su niñez y adolescencia; una caja de creyones que llegó como caída del cielo, unos lienzos y óleos oportunamente colocados en sus manos, y un lego maravilloso que se instaló en el bolsillo de su falda, fueron las herramientas detonantes con las que consiguió el respeto y su puesto oficial de "artista de la familia" que se dedicó a llevar hasta sus últimas consecuencias, inscribiéndose en la carrera de Arquitectura en la ciudad que la vio crecer. Nada más recibirse, se mudó a un lugar que, literalmente, tenía más lejos el horizonte, el final de la misma cordillera, en un encuentro de caminos, invitada como mano derecha del que ha sido un gran maestro y mejor amigo. Allí, alejada de su hogar materno, se dedicó con esfuerzo a ser una muchacha grande, y con mucha seriedad a hacerse cargo de ella misma. Siguió jugando con las mismas herramientas que de niña y adolescente, sólo que ahora le pagaban por hacerlo. Terminó de educarse dando clases, hizo cosas, casa y espacios, se mudó mil veces, cultivó amistades, aprendió a cocinar, se enamoró, algunas veces sola y otras acompañada... Cuando estimó que ya estaba suficientemente entrenada en eso de ser una muchacha grande, le dio por tratar de entender la ciudad y sus bemoles, mudándose al meollo del asunto. Comparte la vida, además del techo, con un hombre maravilloso. Perdió la compañía de doña Rita -la mujer que le dio la vida y que la dejó sin avisar. Y experimenta la necesidad de explorar otra vez con las herramientas de siempre: lápices, creyones y pigmentos.
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Abandonar el mundo conocido puede quitarnos toda esperanza, saber que nunca volveremos a los lugares que habitamos en nuestra infancia puede ser desalentador, aunque en algún punto del planeta algo esconda una pequeña promesa.
—Atención, pasajeros del vuelo HOPE-021, el conteo para el despegue está por comenzar.
Hope[1]. Qué absurda sonaba esa palabra, cuando eso era precisamente lo que ya no había. La esperanza se había agotado, junto con el agua del planeta. La Tierra. Ahora sí que le quedaba el nombre, puesto que donde antes habían inmensos océanos, no quedaban sino vastos desiertos cubiertos de huesos descarnados de animales conocidos y de otros que ni siquiera habían llegado a ser descubiertos.
Dentro de la nave, las pantallas mostraban el conteo: 7, 6, 5... Pero Claudia no prestaba atención a los números. Su mirada se hallaba afuera, lejos de la plataforma de lanzamiento donde la última nave, llena hasta el tope con los últimos habitantes de la Tierra, estaba por abandonar para siempre el planeta que había dado vida a la humanidad durante tantos milenios.
El conteo terminó y con un rugido, la nave levantó el vuelo. Por un momento, una nube de polvo impidió a Claudia ver más allá del perímetro de la plataforma. Luego, el horizonte se distinguió con claridad. A lo lejos, se veían las ruinas de una ciudad. Su nombre no importaba en lo absoluto, pues estaba tan muerta como cualquier otra. Y rodeando esas ruinas, nada. No había nada más que polvo caliente y tierra ennegrecida, calcinada.
A pesar del dolor que le causaba, Claudia no desvió la mirada mientras la nave se elevaba hacia el espacio. En su mente, veía a la Tierra no como era ahora, sino como la recordaba en su niñez: con los campos verdes, las ciudades llenas de vida y los mares repletos de agua. Así era como quería recordarla. Su amada Tierra.
Al fin, la nave salió de la atmósfera y lo que Claudia observó le partió el alma. ¡Qué diferente se veía el planeta de aquellas hermosas fotografías que tantas veces había reproducido en la computadora! En lugar del blanco y azul recortados nítidamente contra el negro del espacio, ahora sólo había una inmensa esfera color café, con manchas de tonalidades más claras o más oscuras del mismo color, que indicaban las furiosas tormentas de arena candente que barrían diversas zonas del planeta.
Hope. No, no había esperanza para ella, ni para los cientos de miles de personas que iban en esa nave, ni para los millones de personas que habían partido en las naves anteriores a ésa. No volverían a pisar la Tierra, no volverían a ver sus brillantes lagos, sus frágiles flores, sus suaves pastos y sus bellos animales.
Pero, pensándolo bien, era posible que el nombre fuera acertado después de todo; porque en el polo norte de la Tierra, a salvo de las tormentas de arena, un punto luminoso y azul se destacaba entre el café y el pardo. Era la Cúpula, el lugar construido por cientos de científicos que preservaría la vida del planeta en su forma más básica. Una pequeña biosfera, totalmente aislada del resto del mundo y del calor abrasador del sol, destinada a crecer y a expandirse lentamente. Y tal vez, sólo tal vez dentro de algunos miles de años, la humanidad, si es que aún existía, podría regresar y habitar de nuevo su antiguo hogar.
Al fin, con un hondo suspiro, Claudia se restregó los ojos para quitarse las lágrimas que no la dejaban ver con claridad el planeta que ya casi era imperceptible a la distancia. Luego, silenciosamente, apenas moviendo los labios, dijo por última vez:
—Adiós.
[1] Hope, en inglés, significa esperanza. (Nota del Editor)
© 2006 Tony Garza
© 2006 Marina Dal Molin (ilustración)
Perfil del Forjador
TONY GARZA
Originaria de Monterrey, México, donde reside hasta la fecha. Es ávida lectora desde la infancia y muy pronto adquirió una preferencia por la fantasía. En el 2001 descubrió el mundo del “fan fiction” y durante los siguientes cuatro años se dedicó a escribir “fan fics”, de los cuales hizo públicas en Internet nueve historias. En algún momento entre esos años, decidió que le gustaba escribir lo bastante como para dedicarse a ello en serio, por lo que en el 2005 se inscribió por primera vez en un taller literario, para iniciar formalmente su aprendizaje.
Perfil del Forjador
MARINA DAL MOLIN
Dibujante, pintora, escritora y fanática de los mates, compañeros inseparables de cada una de sus obras. Nació y vive en Mar del Plata, en donde las leyendas nacen del mar. Realiza ilustraciones para la revista Crónicas de la Forja (en la cual se encuentran publicados algunos de sus textos). Ha ilustrado para una colección de relatos de la escritora Cordobesa Isabel Ali, con quien tuvo el placer de editar "Copihuapi", y realizó el diseño de tapa del libro "Hormiguitas Operarias" del escritor Carlos Cartolano. Participa en la muestra anual Cultural Mar del Plata como artista plástica y ganó con una de sus ilustraciones un concurso realizado por los veinte años del Musical “Drácula” de la dupla Cibrian-Mahler. Es de destacar que una de sus última criaturas literarias llamada "Cuando las aves cantan" forma parte del libro "Mascotas" que vio la luz por la Editorial La Pastilla Roja, de Athman Charles. Forma un taller de dibujo y pintura para niños y adultos, en el que procura incentivar el espíritu creativo de cada uno de sus Artistas.
Esta obra se distribuye bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivar 4.0 Internacional.
Un callejón oscuro, una mujer hermosa y asustada, un depredador nocturno. Quien diga que sabe qué busca y qué encuentra cada uno está lejos de sospechar la clase de sed que mueve esta trama.
La caída de la noche era el inicio de su temporada de caza. Él era un depredador noctámbulo como muchos, pero con un objetivo que pocos buscaban. Era especial.
Al morir el día, él se envolvía en una gabardina negra y se escondía en las sombras para esperar con paciencia a la presa que le daría ese algo extraordinario que tanto anhelaba.
Las horas transcurrían y allí estaba él, envuelto en la oscuridad que era la dueña de la noche desde que el agua desapareció de la Tierra. Sólo aquellos con los recursos suficientes podían tener en sus casas pequeñas plantas eléctricas, las cuales almacenaban la energía de la luz solar del día para iluminar, al menos tenuemente, las tinieblas. Las pocas fuentes de iluminación que se veían en la ciudad, sumadas al etéreo resplandor de las estrellas, teñían el paisaje urbano de un lúgubre tono azul oscuro.
Como buen depredador, sus sentidos de la vista y del oído eran sus mejores herramientas. Debido a la escasa luz, había aprendido a diferenciar todos los sonidos perdidos en la oscuridad para extraer así aquél que revelaba la cercanía de una presa: pasos de mujer.
La noche avanzaba y él seguía en su paciente acecho. Únicamente necesitaba una presa indefensa para poder continuar su vida en paz, por lo menos hasta que la obsesión atacara de nuevo. Súbitamente, el eco que con tanta ambición aguardaba cruzó el frío aire nocturno para incrustarse en sus tímpanos; escuchó pasos. Ese sonido lo seducía y al escucharlo, tenía la costumbre de jugar igualando el ritmo del caminar de su víctima con su respiración. Esto además de fascinarle, ayudaba a su cuerpo a prepararse para la labor de cacería que iba a realizar.
La oscuridad dejó entrever una esbelta silueta de mujer en una corta falda. Ella, con inocencia, pasó a escasos metros del depredador que la acechaba; seguramente se dirigía a su hogar llevando líquido potable recién sacado de “La Central”.
Desde que el agua se agotó, todos los habitantes de la Tierra debían llevar sus fluidos corporales a una planta de procesamiento llamada “La Central”. Los acuosos desechos humanos eran tomados y reprocesados para que pudieran ser de nuevo utilizados para el consumo. Cada persona sólo podía tomar de las fuentes de la planta la cantidad de líquido necesaria para su supervivencia diaria.
Él sólo aguardaba el momento adecuado, ese instante en el cual ella se descuidaría, lo dejaría atacar y le permitiría obtener así su tan anhelado trofeo. Esperaba impaciente, acechándola, siguiéndola, tratando de suponer cuál sería su próximo movimiento. Sus pensamientos se revolvían en torno a aquel objeto de deseo, esa brillante gema que, a pesar de estar en posesión de todos, nadie apreciaba. Pero para él era mucho más, era todo. No tenía en su memoria recuerdos del momento en que la obsesión comenzó a dominar su voluntad; no sabía si su necesidad era biológica o si sólo era su mente que, en un arranque de adicción fetichista, le exigía una dosis de eso que cada noche buscaba de manera desesperada. Los fluidos de “La Central” evitaban que muriera, pero aquello lo hacía vivir.
La inocente tranquilidad de la víctima se convertía poco a poco en temor, mientras él jugaba con su respiración fantaseando con lo que estaba a punto de obtener. Ella se detuvo un momento a escuchar a su alrededor; quizás era su imaginación creando peligros en las sombras, pero algo le decía que no estaba sola. Él percibía como la paranoia la invadía constantemente; podía sentir su miedo. Ella miraba hacia atrás a cada instante aguzando la vista para tratar de encontrar en la oscuridad aquello que la acosaba sin cesar desde hacía unos momentos. Él se mimetizaba con las sombras. Se habían escuchado historias de bandidos dementes que hurtaban las raciones de líquido. Las joyas y el dinero ya no eran tan importantes para los criminales como lo era esa sustancia vital que ella llevaba consigo. Pero él no era un ladrón común.
La joven mujer corrió un poco para entrar a un estrecho callejón. Con respiración agitada y ansiosa él la siguió, siempre abrigándose con la complicidad de las penumbras. La chica dejó de correr y comenzó a caminar rápidamente. Un sonido fuerte, como si alguien arrastrara algo, rasgó el silencio nocturno. Ella miró lenta y temerosamente sobre su hombro rogando para que sus temores no se hicieran realidad; cuando el sonido se repitió giró por completo su cuerpo sin dejar de avanzar. La diminuta figura de una rata se movía por el callejón pasando entre múltiples láminas de latón. Ella suspiró con alivio y mientras recuperaba el aliento, giró de nuevo su cuerpo para comenzar a correr. Una gran sombra la abrazó y la lanzó al piso mientras un ahogado grito de espanto salía de su garganta. El pánico se apoderó de cada uno de sus músculos impidiéndole moverse; sus ojos sólo se fijaban en la oscura figura que se acercaba lentamente hacia ella. La presa estaba ahora a merced del depredador.
—¡Toma lo que quieras, pero no me hagas daño! —imploró—. ¿Es el fluido? ¿Lo quieres? ¡Tómalo! —Su voz era un chillido desesperado y sus brazos un remolino de impotencia.
Él se le acercó mirándola fijamente a los ojos. No era eso lo que quería, él deseaba algo más especial. De uno de los bolsillos de su gabardina sacó un cuchillo, el cual a pesar de la tenue luz, resplandeció dejando ver su destello en la cara de la pobre mujer. Ese brillo macabro aumentó su angustia y su miedo; la confusión y la incertidumbre sobre su destino la torturaban.
—¿Me vas a matar? ¿A violar? —preguntaba ella mientras en sus ojos aparecía una pequeña lágrima—. ¿Qué demonios quieres de mí? —gritó en medio de sollozos.
Él se acercó más a ella; se inclinó y poniendo el cuchillo en su cuello le susurró al oído:
—Quiero que llores más fuerte.
Ella, inmóvil como si su cuerpo se hubiera petrificado, sólo lloraba. De otro de los bolsillos de su vestidura, él sacó un pequeño frasco, el cual acercó a uno de los ojos de la víctima.
—Llora —le repetía al oído, como en una plegaria—, llora por tu vida.
Mientras sostenía el frasco cerca de la cara de la mujer, él jugueteaba con el cuchillo acariciando con la hoja su cuerpo paralizado. Gota a gota, las lágrimas caían en el pequeño recipiente llenándolo lentamente. Eran escasos centímetros cúbicos los que podía recolectar, pero se le hacían suficientes para satisfacer su deseo.
—Tenemos mucho tiempo, ¿sabes? —le dijo, mientras miraba impaciente el frasco y posaba la fría hoja del cuchillo sobre una de las piernas de la chica.
El gélido artefacto la hizo estremecerse un poco, pero el pánico la obligó a recuperar su estática posición, recostada sobre su brazo derecho, con la mirada fija en la pared.
Él había obtenido lo que quería, ansiaba beber aquellas lágrimas. El solo imaginar su salado sabor humedeciéndole los labios e invadiendo sus papilas gustativas hacía que en su rostro se dibujara una tétrica sonrisa. Ese sabor era el que le devolvía la vida. El tradicional líquido potable de “La Central” era puro, sin sabor y sin olor y ningún elemento de la Tierra le daba ese gusto especial que él tanto quería. La sádica felicidad que lo invadía era sólo comparable, en intensidad, con el pánico desmedido con el que su víctima le estaba ofreciendo su llanto. Por fin, él recobraría la calma luego de recolectar su botín, por lo menos hasta la siguiente noche cuando su extraña sed lo invadiera de nuevo.
© 2006 Germán Castaño
© 2006 Marina Dal Molin (ilustración)
Perfil del Forjador
GERMÁN CASTAÑO
Nació en un pequeño pueblo de Colombia llamado Salamina, el cual tuvo que dejar para realizar sus estudios superiores en la ciudad de Medellín. Su padre es un maestro de escuela primaria retirado y su madre un ama de casa. Durante el colegio tuvo tímidos acercamientos a la escritura, pero sólo bastaban para cumplir con sus deberes estudiantiles y satisfacer uno que otro antojo por escribir cuentos que únicamente él leía. Hoy es ingeniero de sistemas; gracias a la escasez de opciones para aplicar la literatura en su área y gracias apoyo de una bella musa quien ahora es afortunadamente su esposa decidió retomar esta pequeña afición de juventud y volverla algo un poco mas serio y disciplinado.
Perfil del Forjador
MARINA DAL MOLIN
Dibujante, pintora, escritora y fanática de los mates, compañeros inseparables de cada una de sus obras. Nació y vive en Mar del Plata, en donde las leyendas nacen del mar. Realiza ilustraciones para la revista Crónicas de la Forja (en la cual se encuentran publicados algunos de sus textos). Ha ilustrado para una colección de relatos de la escritora Cordobesa Isabel Ali, con quien tuvo el placer de editar "Copihuapi", y realizó el diseño de tapa del libro "Hormiguitas Operarias" del escritor Carlos Cartolano. Participa en la muestra anual Cultural Mar del Plata como artista plástica y ganó con una de sus ilustraciones un concurso realizado por los veinte años del Musical “Drácula” de la dupla Cibrian-Mahler. Es de destacar que una de sus última criaturas literarias llamada "Cuando las aves cantan" forma parte del libro "Mascotas" que vio la luz por la Editorial La Pastilla Roja, de Athman Charles. Forma un taller de dibujo y pintura para niños y adultos, en el que procura incentivar el espíritu creativo de cada uno de sus Artistas.
Esta obra se distribuye bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivar 4.0 Internacional.
Si el agua, escasa, deseada, imprescindible, se ha transformado en la medida de todas las cosas, ¿qué valor tiene, por comparación, una vida humana aún cuando se trate de la vida de una novia en su mejor día?
Despierto por la mañana, con la estridente alarma del reloj despertador como fondo. Recuerdo que hoy es un día especial. Por la tarde, después del trabajo, voy a casarme. Una sonrisa se adueña de mi rostro y cambia la habitual mueca de disgusto que tengo siempre al levantarme. Salto rápidamente de la cama y de un golpe silencio el altavoz colocado bajo la almohada.
Mientras me aseo y froto con una fina arenilla impregnada de una suave fragancia a agua de mar, todo lo mejor en un día especial, repaso los cálculos que me han permitido aceptar la propuesta de matrimonio de Miguel. Con los noventa litros de agua que me pagan al mes en el Ministerio más los ciento treinta y cinco que percibe él, podremos darnos el lujo de criar un par de hijos. Todo está listo para hacer nuestra vida juntos. Hasta nos han alcanzado los ahorros para incluir el bautismo ritual de medio litro de agua al salir de la Jefatura Civil. Tengo suerte. Mi pobre hermana, cuando se casó hace tres años, tuvo que conformarse con unas pocas gotas.
Decido caminar hacia el trabajo porque no deseo compartir mi costoso perfume con las decenas de desconocidos que abarrotan el pequeño tranvía. Además, los del sector Ambiente nos han regalado una danza de luces violetas y anaranjadas en la cúpula, acompañadas de una suave brisa. Es un paisaje acorde con mi estado de ánimo, tan hermoso que sería imperdonable no disfrutarlo. Y aún es temprano, tengo tiempo de darme el placer de pasear.
Al llegar a la oficina, me prepararé un delicioso desayuno de huevos deshidratados con un poquito de agua. Tal como me dije, hoy me daré todo lo mejor, para animarme a pasar el largo día hasta la hora de salida. Luego a la Jefatura y a mi nuevo hogar.
Tan concentrada estoy en mi felicidad, que no me percato del vehículo personal que se lanza sobre mí. Un chirriar de ruedas contra el pavimento es todo el aviso que recibo. Volteo en la dirección del sonido y la mirada demencial y homicida del conductor que se acerca velozmente me hace entender, en una fracción de segundo, que no va a tratar de esquivarme. Viene por mí.
Un instante después todo es negro y rojo, ardiente y lleno a la vez con el frío helado de la insensibilidad, el dolor y el vacío. Escucho las voces y los gritos de la gente que me rodea. Lucho contra la inconsciencia durante un tiempo interminable, hasta que percibo que me levantan y me acuestan en algo que se siente como una camilla. Junto todas mis fuerzas para abrir los ojos. No es sólo una camilla, sino un saco-camilla para el retiro de cadáveres. La cremallera empieza a cerrarse. Un rostro de hombre cubierto con una mascarilla me mira mientras su mano corre la cremallera del saco que me envuelve. Nuestras miradas se encuentran. Quiero gritarle que no estoy muerta, que no me lleven a la planta de reciclaje, que tengo medio litro de agua esperándome esta tarde en mi boda, que es un día especial, ¡que deben darme atención médica! Las palabras no llegan a salir de mi boca. No tengo fuerzas suficientes. Mis labios se mueven en silencio.
Unas lágrimas escapan de mis ojos y resbalan por mis mejillas hasta reunirse con la sangre que he perdido. Él me mira. Yo lo miro. Sabe que estoy viva. Sabe que necesito atención médica. Sabe que es mi derecho como ser humano. Pero la cremallera termina por cerrar el saco-camilla. En la oscuridad que me rodea alcanzo a oír sus palabras, ¡asesino hipócrita!
—Pobre mujer, ¡era tan joven! Todavía tenía mucha agua por delante.
© 2006 Susana Sussmann
© 2006 Sergio Monterrubio (ilustración)
Perfil del Forjador
Escritora de ciencia ficción y fantasía, editora de la revista Crónicas de la Forja, coordinadora del taller literario Los Forjadores, organizadora de las Tertulias Caraqueñas de Ciencia Ficción, Fantasía y Terror, activista de la ciencia ficción, física de cuerdas y supercuerdas, metróloga de masa, auditora de calidad, feliz madre y esposa... y a veces también duerme, pero no siempre.
Perfil del Forjador
SERGIO MONTERRUBIO MARÍQUEZ
Nacido el 12 de septiembre de 1984 en la Ciudad de México, dibuja desde niño. A partir de los dieciséis años retoma su gusto por el dibujo y empieza a practicar como pasatiempo. Le gusta el estilo japonés del anime y el manga, por lo que la mayoría de sus dibujos son así.
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Mayor y Menor tienen como trabajo proveer del líquido indispensable a su comunidad. No importan sus diferencias, ni el ceño fruncido de Ma, ni lo que Mayor pueda saber sobre la historia de sus antepasados, ni el hipnotismo de la danza de Katerana, ni el recuerdo de la Body: lo primero es encontrar los pozos.
“... Mientras quema mi cabeza y se abrasan mis ideas, voy sin rumbo entre la arena,
conversando con la muerte, apostando con el Sol traidor...”
— Diario del Misionero Jamás Encontrado
Ya eran varios los días desde que Mayor había comenzado, junto a su hermano, la tarea de encontrar un nuevo pozo. Hacía tiempo que las reservas del pueblo habían mermado considerablemente y ellos, continuando con la tradición de trabajo que habían aprendido de su madre, salieron una mañana a buscar una nueva fuente de líquidos. Era una tarea ardua, sólo para sujetos hábiles, pacientes, con experiencia en el desierto y, además, con buena puntería. Ellos habían estado en la profesión desde niños, cuando salían con Ma, y él, el mayor de ambos, empuñaba la escopeta mientras su hermano menor le pasaba la munición. En aquel entonces Ma conducía tal como le tocaba hacerlo a él hoy.
El jeep se desplazaba fácilmente sobre dunas rojizas, de cálidas curvas y suave arena contaminada. El vehículo las devoraba con prisa, impregnado, tal vez, con la misma ansiedad que sus ocupantes. Mientras, éstos usaban sus sentidos más agudos para encontrar pistas del dichoso pozo.
Como buenos profesionales estaban acostumbrados a soportar las condiciones incómodas que les imponía el oficio: los ajustables (infrarrojos en la oscuridad, opacos frente al resplandor del sol) les pesaban sobre las narices aguileñas, mientras las gruesas chaquetas térmicas que portaban moderaban la inclemente temperatura que era dueña absoluta de aquellos rumbos. Además, numerosos diales, conexiones, tubos y circuitos conformaban una amalgama que zumbaba sin parar bajo la tela especial, con una cadencia capaz de enloquecer a cualquiera.
Para colmo, arriba, en las alturas, un astro obeso y poco dado a la piedad les incomodaba robándoles minuto a minuto el escaso líquido con que contaban. Por causa de los rayos de aquel sol, el equipo de procesamiento de líquidos que llevaban en la parte posterior del jeep, lanzaba destellos burlones. Éstos parecían repetirles monótonamente: “Estoy vacío, estoy seco, estoy vacío”.
En medio de la marcha, a diferencia de su hermano menor, Mayor podía estar alerta mientras sus pensamientos iban de un punto a otro. Era la mejor medicina para combatir la ansiedad provocada por las insinuaciones que les hacía la muerte en cada tramo del camino.
Sin necesidad de volver el rostro, sabía que a su izquierda, en el parabrisas, pendían de una elaborada cadena un par de objetos para la buena suerte: la foto desteñida de su cejijunta progenitora, acompañada de la nueva foto de la Body, la mujerzuela favorita de Menor. En la primera, la severa doña había quedado plasmada en uno de sus gestos más torvos; uno tal, que sólo para su par de críos tenía algo de maternal. Era el gesto típico de después de haber abatido a una “pista”. La segunda era una foto bastante representativa de una chica, algo guapa y rubia, que se contorsionaba sonriente con gatuna habilidad para mostrar su generoso y desnudo trasero.
La foto de Ma le permitió evocarla con nitidez, tal y como la habían dejado la noche en que partieron a su misión. La vieja estaba bastante tullida, por lo cual se había retirado del trabajo o, para ser sinceros, sus hijos la habían tenido que retirar y a ella le había agradado muy poco. Aquella noche tomaba el fresco al frente de la casa y se embriagaba con la visión de las estrellas (y, por supuesto, también con el garrafón de licor en polvo que asía codiciosamente entre sus piernas). Como buenos niños, los hermanos habían ido a despedirse. Mayor le depositó un sonoro beso en el parche del ojo, algo que había contentado bastante a la vieja que rara vez sonreía, mientras que Menor le demostraba solícito lo hábil que era: con una finta había esquivado el bastón de Ma, salvando el cráneo por poco, mientras que con manos ágiles le arrebataba la manivela del jeep, pieza muy necesaria para encenderlo, y que Ma siempre se encargaba de hurtar.
—¡Canalla! ¡Mugroso! ¡Ladrón! —gritó y pataleó la venerable anciana sin lograr levantarse de la silla, mientras los hermanos corrían hacia la parte posterior de la casa, donde se guardaba el jeep—. Algún día te voy a atrapar ¡Malnacido! —Mayor no sabía por qué, pero algo le hacía sospechar que él era el hijo favorito de Ma.
La escena le hizo sonreír, pero debió volver al presente cuando se dispuso a acometer el peligroso descenso por una duna muy alta; un solo error podría hacer que el jeep se volcara, y aquella zona era famosa por las colonias de insectos carnívoros que vivían enterrados bajo las arenas. Minutos después, cuando el peligro pasó, el recuerdo de lo que hicieron antes de dejar el pueblo aquella noche lejana, se apoderó de él con sigilo: Menor estaba empeñado en conseguir un segundo amuleto de la buena suerte, así que se dirigieron inmediatamente a “La Hiena Sedienta”, donde vivía y trabajaba la Body.
¡Cosa rara la afición de su hermano por una chica en particular! Allí, cuando iba de visita al local, nunca terminaba la ronda sin al menos dedicar unos minutos a la buena (aunque rematadamente estúpida) Body; el menú siempre podía variar, pero ese postre, no. En cuanto a él mismo, se podía decir que sus gustos por lo femenino eran casi nulos. Solía esperar a que Menor acabara, sentado en una mecedora frente a la puerta de turno, silbando, sombrío, sus canciones favoritas, con la escopeta “evita interrupciones” posada sobre las rodillas.
Al pensar en el tema, lanzó un sonoro suspiro mientras daba vuelta al volante para cambiar de rumbo. Había comprobado que, en esta vida, nunca faltaba la excepción que confirmaba la regla, y para él era la piadosa Katerana. La dama en cuestión pertenecía al grupo de los feligreses que asistían a su ministerio; ella jamás faltaba a los servicios religiosos. Para evocarla no necesitaba de ningún tipo de amuleto. En su cabeza, en sus recuerdos, tal como ahora que navegaba entre las dunas, siempre se colaba ella. Desde la primera vez que la vio le habían atraído su manifiesta devoción al Dios Serpiente y su habilidad como Gran Danzante de las Cascabeles: sus contorsiones en el suelo, cubierta de éstas criaturas, rayaban en la pureza de la epilepsia. Sus ojos desorbitados la bañaban de una dulce locura irresistible (al menos para él). Poco del mobiliario a su alrededor sobrevivía cuando ella caía en aquel exquisito y pleno éxtasis, durante el cual su cuerpo luchaba desenfrenadamente contra el veneno que desde niña se sabía acostumbrada a soportar. Era tan adorable en esos instantes, que resultaba tonto el temor que infundía en el resto de la congregación. Cosa rara, todos solían cambiar de acera cuando se la encontraban en la calle. Sus cabellos caoba, jamás mancillados por un peine, eran una mata alegre donde deseaba enredar (seguro se enredarían) sus dedos... Cosa mala: el marido de ella era una mala bestia, y era mejor para él no meterse, pues algo en la mirada de ese toro ciclópeo y desquiciado le hacía suponer que no le agradaría encontrarlo a la medianoche del domingo, tras volver de las minas, administrándole “veneno bendecido” a su mujer.
Pronto, la cercanía a la Tierra de los Malditos, hizo que Mayor se deshiciera de todo pensamiento vagamente ligado a las mujeres. Ahora no podía permitirse ningún tipo de distracción. Su mente ejercitada desechó todo asunto superfluo para hacerse cargo de problemas más inmediatos. Necesitaba de toda la información de la que disponía sobre aquel territorio, e inmediatamente comenzó a rescatar de la memoria escenas de tiempos pasados que, la intuición le decía, serían de mucho provecho.
En su infancia, Ma contaba en ocasiones divertidísimas historias del Tío Sabio. Menor, que solía distraerse, constantemente acababa con un par de cariñosos bofetones reclamando su atención; pero Mayor siempre estaba atento, tratando de imaginar cómo eran las cosas en la famosa Edad de los Dictadores del-Agdwa, cuando el gran desierto que cruzaban había sido verde (asqueroso color) y lo líquido pululaba derramándose libremente, rodando por cientos de kilómetros como una nauseabunda cinta plateada o cubriéndolo todo con un ancho descomunal y enfermizo olor salobre. Lo poblaban ridículos animalejos que habían desaparecido hacía mucho, mucho tiempo, hacía más años que piojos tenía el marido de Katerana. Quienes se habían desecho de cosas tan estúpidas hicieron un buen trabajo, aunque, según tenía entendido, poco les reconocieron el mérito en su época. (¿Fue la horca, la guillotina o el rebana-almas? No recordaba.) Ahora casi todo tenía ese familiar color marrón grisáceo, tan bueno para mantener en calma el espíritu. Sólo las criaturas del Dios Serpiente (entre ellas cascabeles, hienas, buitres y hombres) habían sobrevivido, ágiles, rápidas y atrevidas, saciada su sed por el maná que fluía de los pozos. Por supuesto, no se trataba de un dios bondadoso y los pozos se secaban ante los ojos glotones de sus servidores y, luego, era muy difícil encontrar los nuevos.
Según el Tío, en los tiempos de su juventud, los Abuelos solían lamentarse de las pérdidas del pasado, lloriqueando obscenamente por el mundo que cambió, maldiciendo con ira a los culpables; y por tanto, no era raro ver a aquellos ancianos martirizados por las pústulas que atacaban a los malditos. ¿Acaso no habían sido sus propios actos los que colaboraron con el cambio, bendito fuera? Los Abuelos lloriqueaban por su abandono, de manos de los poderosos que controlaron, derrocharon y al fin gastaron, de todos los recursos del orbe, el que tenían por más preciado. ¿No era así como lo referían las palabras antiguas del Sagrado Libro de las Infamias? “Y Heoratá contaminó las fuentes de Wildom quien a su vez envenenó los cielos” (Hipócritas 10, 2-13), “Y Mexxelina dio a luz hijos diferentes hechos con ese oscuro arte llamado Ciencia, para engañar y abandonar a todos, para ir a vivir en un Oasis oculto lejos de La Gran Necesidad” (Huída 5, 18-9). Sí, los Dictadores, al perder el “objeto” con que controlaban a las masas, decidieron abandonarlas, para salvarse a sí mismos de forma singular. ¡Por la Sagrada Sombra que enmaraña las mentes, Señora de todas las Máculas, Consorte de su Dios! Ése había sido el mejor de los engaños, el peor de los abandonos, un envidiable acto de sagacidad.
En medio de los recuerdos, sus ojos del presente sintieron una pulsación luminosa, su mente se concentró nuevamente en el ahora y, por un momento, todos sus pensamientos se disiparon como en una débil polvareda. Un reflejo lejano había llamado su atención y se concentró en la señal que podía estar advirtiéndoles de la existencia de un nuevo pozo. Se trataba de una pista. A veces las pistas eran muy escurridizas, pero allá arriba siempre brillaba inclemente aquel Sol traidor que desnudaba de sombras el terreno y evitaba que las pistas, que por su naturaleza algo reflejaban de luz, encontraran un buen escondite. Ese mismo sol que los calcinaría a ellos si no se avenían a seguir bien sus señales.
Ahora venía lo bueno, lo sabía. Su hermano ya estaba como loco, la escopeta chillaba de contento entre sus manos, mientras manejaba los diales de las miras. El primer estampido se escuchó mucho antes de que girara el jeep con violencia para darle un mejor ángulo de tiro a Menor. Cuando la nube de polvo producida por el jeep se asentó pudo ver que, de la pista, sólo quedaba la parte inferior del torso.
¡Ese estúpido Menor! Siempre se olvidaba del tercer mandamiento: “No derramarás”. Y allí estaba esa extensa mancha roja que la arena chuparía en segundos con su sed desaforada. Pero al imbécil poco le importaba. “Si pillas una, ya tienes el pozo”, decía. Odiaba ese optimismo que podía acarrear el desastre: “A ver, ¿y si la pista viaja sola o no está simplemente asomada nutriéndose?” Las demás estarían advertidas y, pese a su necesidad de sol, no saldrían a delatar la posición del pozo.
La enorme sonrisa bobalicona que tenía su hermano mientras rodaban los últimos metros le dio la respuesta. (Menor creía mucho en el “No malgastarás saliva”.) Al llegar a un punto conveniente, el jeep no hacía falta. Aunque “ellas” tenían un miedo absoluto a las máquinas alimentadas por el Sol, prefirió desconectar el sistema de arranque del jeep y dejar encendido el sistema de defensa. Se guardó la manivela dentro de uno de los bolsillos ocultos de la chaqueta (al lado de los puñales del oficio religioso) y marchó tras su hermano, que ya corría en pos de la recompensa.
Estaban frente a un grupo de cuevas bien disfrazadas entre la roca desnuda; obviamente eran nuevas, quizá las habían desenterrado las últimas tormentas de polvo, o quizá su origen fuera menos circunstancial. Dejó que su hermano fuera de un sitio a otro, husmeando; sabía que tenía un perfecto olfato para la humedad (y otros hedores parecidos). Nadie mejor que él para encontrar, entre cien cuevas, la verdadera abertura que llevaba al pozo.
El momento fue oportuno para que su memoria recobrara algo de protagonismo. Entre sus ideas se coló otra historia, de cuando vino el cambio, de los poderosos que lo habían producido y de cómo corrieron a esconderse en el último edén secreto, el oasis subterráneo, dejando atrás al resto de la humanidad. Mayor nunca había fijado una teoría convincente del por qué la tierra de ese edén había perdido su calor por lo que “ellas”, las pistas, tenían que salir a buscarlo, a pedirlo al Sol. Tenían todo el líquido que desearan, ellas se habían trasformado a sí mismas para producirlo y no morir con los que dejaron arriba. Pero aún así necesitaban del calor para seguir viviendo. ¡Ah, pero algo había pasado con el bonito calor! ¿Una descompostura?, ¿un fallo en los cálculos?... ¿una broma pesada del dios Serpiente?
La historia murió en su mente en el momento en que desenfundó las pistolas, ahora que se apoderaba de él un instinto brutal, parecido al que calzaba Menor a toda hora. Le gustaban más estas damas de estilizados gatillos y cañones anticuados, sus balas redondas derramaban menos al penetrar en su objetivo y le permitían una mejor puntería. Rodeado de los estampidos producidos por la escopeta de Menor y el silente chillido de sus damas se internó en la cueva, dándole a todo lo que se movía. Esa noche tendrían suficiente líquido, rojo y tibio líquido para seguir funcionando, una vez que fuera procesado por el aparato que aguardaba en el jeep. Tendrían provisión suficiente para regresar al pueblo a través del calor del Sol y dar la buena noticia. Inmediatamente los zapadores saldrían como una vistosa bandada de buitres a cosechar líquido del pozo, de aquel pozo, una de las tantas entradas al mítico oasis subterráneo.
© 2006 Zoraida Martínez
© 2006 Sue Giacoman Vargas (ilustración)
Perfil del Forjador
ZORAIDA MARTÍNEZ
Nació en Caracas el 26 de febrero de 1973, bajo el poco científico signo de Piscis. Trabaja en la Universidad Simón Bolívar desde el 2004, dando clases de estadística y probabilidades para el Departamento de Cómputo Científico. Tocó por muy poco tiempo su parte artística tomando un curso de pintura con la intención de explorar su gusto por el dibujo. Lamentablemente la tesis de pre-grado se encargó de sacarla de ese mundo. Como fanática de la ciencia ficción y la fantasía comenzó en la lista de correo Utopika, luego llegó a PorticoCF, y sólo la atractiva propuesta de Forjadores, taller fundado por Susana Sussmann, le hizo tomar interés por escribir el tipo de cosas que desde siempre han surgido en su mente y, así, compartirlas.
Perfil del Forjador
SUE GIACOMÁN VARGAS
Vive en Torreón Coahuila, dizque es diseñadora gráfica y dizque ilustra. También de vez en cuando escribe algún bodrio con el que tortura a amigos y familiares.
Esta obra se distribuye bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivar 4.0 Internacional.
Una obra maestra de la ciencia y la tecnología puede resolver los problemas de supervivencia de la raza humana. ¿Resolverlos o agravarlos?
En ocasiones pienso que los antiguos tenían razón en afirmar que algunas veces el remedio es peor que la enfermedad.
Quién lo diría, hemos pasado ya cien años viviendo bajo el Domo. Cuando lo crearon, todos pensaron que era una genial idea. Los medios de comunicación lo proclamaron como “la obra maestra de la ciencia y la tecnología”. Hoy, cada vez, que busco en los archivos y me encuentro con los videos y recortes de esos días, me doy cuenta de lo ilusos y arrogantes que fuimos.
El deterioro de la capa de ozono era nuestra preocupación en aquellos días; el “hueco” cada vez se hacía más grande y, cuando los científicos se percataron de que el tamaño de orificio era proporcional a Europa y que comenzaban a crearse nuevas fisuras en diferentes partes de la capa, el pánico se apoderó de casi todo el mundo, en especial de los “verdes”, los ecologistas.
Hasta que ese “gran” científico, cuyo nombre hoy ha sido olvidado por todos a fuerza de llamarlo simplemente El Maldito, vino con su gran idea.
La única forma de salvarnos es crear una nueva capa de ozono. Nuestros estudios demuestran que esto es posible. Sólo tendremos que saturar la atmósfera con nanorobots esparcidos con un revolucionario agente bioquímico de nuestra creación. Los “nanitos” tomarán los átomos del gas y lo mezclarán con los elementos presentes en la capa, creando un Domo que bloqueará cualquier tipo de radiación dañina para cualquier forma de vida en la Tierra.
Pues bien, todos le creímos y el esfuerzo mundial se volcó a la producción de todo el gas que fuese necesario. La forma de esparcirlo era lo más sencillo: simplemente utilizaríamos nuestros temidos cohetes nucleares como vehículos de trasporte, sólo que sus cabezas de guerra, en vez de llevar megatones de destrucción, llevarían “megatoneladas” de gas y “nanitos” que salvarían a la humanidad.
Así llegó el día “D”, el día del Domo. Por toda la Tierra pudo verse el despegue de miles de cohetes intercontinentales disparados al unísono desde silos terrestres, submarinos, aviones e incluso (y recién lo averiguamos ese día) desde satélites en órbita.
Todo marchó bien, o por lo menos eso creímos. Los “nanitos” y el gas hicieron su trabajo. El Domo se formó y, con él, nuestra condena. Al principio no caímos en cuenta, hasta que los polos comenzaron a derretirse, cada vez más rápido...
Cuando literalmente nos vimos con el agua al cuello, comenzamos a preocuparnos.
¿Qué pasaba?, ¿qué ocurría? Pocos sabían la respuesta, pero bastaba con levantar la vista y ahí la encontrarías: el domo era el responsable. Era verdad. Nuestra obra no permitía que las radiaciones entraran, pero tampoco que el calor saliera; el resultado fue que nuestro hábitat se sobrecalentaba. Primero fueron las inundaciones por los deshielos, después comenzaron las sequías. El agua se evaporaba, y no había forma de impedirlo.
Los mares retrocedieron y los otrora océanos se convirtieron primero en valles y, años después, en desiertos.
El dinero perdió su valor. La verdadera riqueza era poseer grandes cantidades de agua, usualmente congelada en los ahora populares “Banquarium” o Bancos de Agua, lugares especialmente acondicionados para poder refrigerar y congelar grandes cantidades de agua a fin de evitar que se desperdiciara evaporándose en el aire.
Ahora el concepto de liquidez realmente tenía significado.
Pero eso no fue lo único que cambió, algunos recordaron algo importante, algo a lo que nunca le prestamos mayor atención, un detalle, una estadística, algo sin importancia para el público en general, por lo menos hasta esa fecha. El cuerpo humano está conformado en un 60% de agua —uuups, un pequeño detalle.
Por esos días apareció un dispositivo que permitía extraer porcentajes del vital líquido del cuerpo de cualquier ser vivo o muerto. Los crímenes cometidos con este aparatito fueron demasiado graves, hasta que se tomaron fuertes medidas para evitarlos.
Se cambió todo el sistema penal en base a la nueva herramienta: a todo aquel que es atrapado con dicho artilugio sin la debida permisología, se le aplica la nueva pena capital por deshidratación. El agua obtenida por esta pena es destinada a las reservas comunes de la sociedad y, si el portador ha cometido algún crimen, el agua se entrega al agraviado o a los familiares de éste. Ahora, si alguien infringe la ley, debe pagar sus delitos con porcentajes del agua de su cuerpo.
Incluso, si alguien muere, por la causa que sea, no es enterrado; eso sería un desperdicio y una muestra de egoísmo. Ahora, al morir, se extrae todo el agua de su cuerpo, se refrigera y se entrega a sus familiares más cercanos.
Desde entonces y hasta nuestros días hemos sido una fuente renovable para la obtención de agua.
Ocurrieron muchos otros cambios y mutaciones a raíz del domo. Vampiros y bestias de arena, por solo nombrar algunos.
Pero bueno, sobre eso escribiré otro día, ahora debo ajustarme mi destiltraje[1], tomar mi arma y mi sucker[2] y salir al mar de arena que alguna vez fue el Caribe. Tengo que hacer mi ronda y cumplir mi servicio, si es que quiero asegurarme mi pensión y suministro de agua.
Total, no será más que otro día bajo el domo.
[1] Un pequeño homenaje a Dune, una de las obras donde el agua (además de la Especia) tiene una gran importancia en la trama. (Nota del Autor)
[2] Sucker o succionador es el nombre del ingenio utilizado para extraer el agua de los cuerpos. (Nota del Autor)
© 2006 Farrens Carreño
© 2006 Sue Giacoman Vargas (ilustración)
Perfil del Forjador
FARRENS CARREÑO
Nacido el 06/09/1974, en Caracas, Venezuela por avatares del destino, hijo de padres zulianos. Desde pequeño ha sido aficionado a la ciencia ficción, la fantasía y el terror. Modelista estático y entusiasta de los juegos de Rol y los de estrategia.
Perfil del Forjador
SUE GIACOMÁN VARGAS
Vive en Torreón Coahuila, dizque es diseñadora gráfica y dizque ilustra. También de vez en cuando escribe algún bodrio con el que tortura a amigos y familiares.
Esta obra se distribuye bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivar 4.0 Internacional.
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